Las Rochunas, o las monedas falsas de la ceca de Potosí

febrero 20, 2018 - by Leticia Perinat - in Corrupción política, Estafa, Falsificación billetes y monedas

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Por Ana María Mendoza

Licenciada en Restauración y Museología. Especialista del Museo Numismático del Banco Central del Ecuador. Alumna de la cuarta promoción del Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia.

 

Enclavado en el lugar denominado por Carlos I de España como Villa Imperial de Potosí, se avista imponente hasta nuestros días el Cerro Rico de Potosí, o Sumac Orko en lengua nativa, al que se considera una legendaria montaña argentífera, que desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, fue la mina de plata más grande del mundo.

 

De este “cerro hermoso” se desprenden algunas leyendas, una de ellas relata que en el siglo XV, el inca Huayna Capac estimó que en las entrañas de ese monte existía un precioso metal y mandó a sus vasallos sacarlo de la tierra; estos, al encontrarse en gran faena escucharon un bramido desde el interior de la montaña “Potoj” y una voz que les decía: “No saquéis la plata de este Cerro, porque es para otros dueños”. Los súbditos del inca salieron despavoridos gritando “Potocsi, Potocsi” que en su lengua quería decir “dio un gran estruendo”.

 

Otro relato refiere que este cerro fue descubierto (¿re descubierto?) hacia 1545 por Diego de Huallpa, indígena quechua que estaba al servicio del conquistador Juan de Villaroel. Huallpa perdió una de sus llamas mientras su tropilla pastaba en las faldas del cerro y al ir a su encuentro cayó el día. Para poder soportar el extremo frío de la noche encendió una hoguera y a la mañana siguiente, encontró entre los restos de la pira unos hilillos metálicos brillantes. A partir de entonces nació una intensa explotación en busca del tesoro que escondía la pacha mama.

 

Es en un sitio aledaño a este sagrado lugar, donde se fraguó una historia de estafas y desvergüenza, que se relata a continuación.

Con la conquista española, vinieron desde ultramar nuevas costumbres, nuevos alimentos, nuevos animales y también una nueva forma de “intercambio” a través del uso de monedas, pequeños pedazos de metal generalmente acuñados en forma de disco.

 

La primera ceca o casa de moneda de lo que hoy es Sudamérica se estableció en Lima, Perú, en 1568, pero al poco tiempo fue trasladada primero hacia La Plata -actual ciudad de Sucre en Bolivia- y luego a Potosí, lo cual supuso una ventaja, al encontrarse cerca del lugar de extracción y producción del mineral con el que las fabricaban, es decir, del mítico Cerro Rico. Fue en esta casa de moneda, donde a mediados del siglo XVII, se urdió el más grande fraude que sufrió el virreinato, que se vio “remecido por un escándalo de proporciones nunca antes vistas en una ceca americana”, que trascendió incluso hasta llegar al viejo continente.

 

Llamadas “macuquinas” las primeras monedas acuñadas en el nuevo continente, eran “trabajadas a golpe de martillo, cortadas irregularmente con tijera y selladas en cospeles de plata”. Esta forma de elaboración hacía que las mismas pudieran ser fácilmente adulteradas, al no contar con un formato regular, y es lo que durante un tiempo considerable sucedió.

 

Ya desde principios del XVII se conocían irregularidades en la acuñación de las monedas de plata en la ceca de Potosí, relacionadas con el incumplimiento de las normas establecidas en cuanto a fineza y peso. En concreto, durante el virreinato de Francisco de Borja y Aragón, entre 1618 y 1619, se contemplaron algunos signos de fraude, lo cual fue inútilmente comunicado a las autoridades peninsulares, que no hicieron mayor caso, aun cuando en 1623 en la Casa de la Contratación de Sevilla se realizó un ensaye en el que se evidenció una “preocupante falta de ley en las monedas procedentes de Potosí”. Estas anomalías continuarían en los siguientes mandatos, de un lado porque eran tapadas por los propios perpetradores del engaño, y de otro, porque los diferentes conflictos internos y externos que hubo de enfrentar Felipe IV en España le impidieron otorgar al tema la importancia que merecía.

 

Finalmente, el 15 de marzo de 1648, la Corona ordenó una investigación oficial, que sería llevada a cabo por Francisco Nestares Marín, Presidente de la Audiencia de Charcas, el más alto tribunal de apelación de la Corona española con sede en la ciudad de La Plata, quien luego de una exhaustiva pesquisa pudo determinar la causa, el alcance y los implicados de tremenda estafa.

 

Nestares Marín, formado en la inquisición, cuyo interés no se ligaba a la religión sino a la contabilidad, se instaló en la propia Casa de Moneda, y desde allí, inició una inteligente investigación criminal, reuniendo con paciencia los testimonios de los esclavos negros, integrando hechos y encajando contradicciones, hasta averiguar que, efectivamente, se reducía la pureza de las monedas y que la trama se maquinaba desde el poder y con la complicidad de muchos.

 

Esto ocurría bajo el gobierno del decimo quinto virrey del Perú, el marqués de Mancera (1639-1648), cuyo oidor Robles de Salcedo ya había efectuado previamente una inspección en la casa de amonedación encontrando irregularidades que, a pesar de ser comunicadas al virrey, no tuvieron mayor repercusión que la simple deportación de algunos ensayadores.

Nestares descubrió que a la cabeza del enredo estaban el ensayador Felipe Ramírez de Arellano, responsable de verificar la ley, fino o contenido intrínseco de los metales, y sobre todo, el industrial Francisco Gómez de la Rocha, abastecedor del precioso metal a las cecas, y allegado del virrey Mancera, con quien se contactaba a través de una criada de este último y a su vez pariente del industrial. Esta relación que se encuentra documentada, así como la manera de expresarse el virrey sobre el mencionado proveedor de metales, hace suponer que la adulteración de moneda se forjaba a vista y paciencia del gobernante.

 

El extremeño de la Rocha, “bizarro soldado aventurero que, a fuerza de tentar a la suerte y aprender a sacar partido del arte del embuste en asuntos crematísticos”, se ocupó en un inicio en el comercio de coca, proporcionada por una india que fuera su amante, labor que le forjó una cuantiosa fortuna. Adquirió posteriormente derechos de explotación minera y luego de alguno que otro traspié, comenzó a disfrutar de un notable patrimonio en muy corto tiempo. Con ello logra postularse para ser alcalde de la ciudad “al amparo de las amistades tejidas con la nobleza del lugar”. A partir de entonces, a decir de Fernando del Rosal, “le nació la filantropía, y donaba dinero a la Iglesia Católica, derrochaba su riqueza en festividades religiosas, vestía ropas de príncipe y se hacía acompañar de una cohorte de civiles, como el séquito de súbditos de un monarca.”

 

Una vez desenmascarado el escándalo, el pueblo comenzó a denominar a las monedas de baja ley que fueron parte de este contubernio como “rochunas”, dejando así para la historia el nombre de un noble, no tan noble, señor.

 

Las fallas detectadas registraron faltantes de hasta el sesenta por cien del fino en las monedas, las cuales que tuvieron que ser reducidas en su valor, las de ocho reales a cuatro y en misma proporción las de más bajas denominaciones, quedando devaluada la moneda potosina, y afectada en consecuencia la economía española. Las Casas de Moneda se vieron obligadas a emprender una veloz y esforzada labor de fundición y reacuñación de la moneda perulera.

 

La intriga concluyó con la condena a muerte tanto de Francisco Gómez de la Rocha cómo de Felipe Ramírez de Arellano. Nestares Marín cumplió con su misión, no porque se lo pusieran fácil pues a punto estuvo de ser envenenado por una esclava bajo órdenes de Gómez de la Rocha, sino por su obsesivo denuedo que le llevó a vencer obstáculos, dificultades y amenazas.

 

En 1654, casi 30 años después de que se iniciaran las prácticas ilegales en la colonia española, Gómez de la Rocha fue ejecutado a garrote y expuesto su cuerpo a la vista pública. La confiscación de todos sus bienes no pudo suplir la pérdida monetaria de la Real Hacienda. Por su parte Ramírez Arellano fue llevado a la horca. Un siglo después, en el “Resumen de los once cuadernos de los autos de la visita del señor Pedro de Tagle” se encuentra detallada la pena sufrida por éste y dice: “A esto sigue la sentencia pronunciada sin que conste de la fecha a condenar a que dicho Phelipe Ramíres fuese sacado de la prisión en que se hallaba y que por las calles acostumbradas fuese manifestado su delito (el qual ezpressa en la cavesa del processo fue por el mal uso de su oficio de ensaidor y la falsa moneda que labró) y después llebado a la horca de tres palos de la plaza pública de Potosí, y que fuese ahorcado, y que cortada después su cabeza se pusiese en un Escarpio sobre las puertas de la Casa de la Moneda de donde no fuese quitada vajo de varias penas que expresa: y assi mismo le condena en perdimiento y confiscazión de sus bienes para el fisco”.

 

Los habitantes del Nuevo Mundo constataron así la autoridad e influencia del rey, a pesar de la distancia.

 

Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia (online), UDIMA – Fundación Behavior & Law

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FUENTES

http://www.cambio.bo/?q=node/15797

https://www.tesorillo.com/articulos/libro/224.htm

http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0524-97672015000200006

http://www.bolivian.com/cnm/fiicvi.html

http://www.bolivian.com/cnm/cmpotosi.html

http://www.segoviamint.org/espanol/articulos/efectos_moneda_potosina_en_Espana.html

http://www.redalyc.org/pdf/3713/371336248006.pdf

http://www.la-razon.com/suplementos/escape/primera-corruptela-America_0_2334366624.html

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Leticia Perinat

Leticia Perinat

Directora Técnica del Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia, UDIMA-Behavior & Law

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