William Heirens, Lipstick Killer

septiembre 11, 2017 - by Leticia Perinat - in Anónimos, Asesinato, Secuestro

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Por Cristina García Canora,

Miembro del Cuerpo Nacional de Policía. Grado de Criminología. Máster en análisis e investigación criminal . Alumna de la segunda promoción del Master en Pericia Caligráfica y Documentoscopia, UDIMA- Behavior & Law.

 

Tres brutales asesinatos y varios mensajes escritos

En el Chicago de los años 40, tres atroces crímenes sembraron el miedo y la indignación entre los ciudadanos.

 

En junio de 1945, Josephine Ross, de 43 años, fue cosida a puñaladas en su propio domicilio mientras dormía.

 

En diciembre de ese mismo año, Frances Brown, de 33 años, se encontraba también en su vivienda cuando recibió varios disparos mortales. En la escena del crimen quedaba escrito con pintalabios un mensaje inquietante y desolador: ‘For heaven’s sake catch me before i kill more. I cannot control myself‘ (Por el amor de Dios atrápenme antes de que vuelva a matar, no me puedo controlar).

 

En el primer caso, el criminal había entrado por la puerta; en el segundo por una ventana desde la escalera de incendios. Ninguna de las dos víctimas presentaba signos de abuso sexual. Pero sí se constató la falta de algunos objetos o bienes en ambas moradas.

 

Apenas un mes después, la noche del 7 de enero, Suzanne Degnan, de 6 años, descansaba apaciblemente cuando alguien sin compasión irrumpió en su habitación y apretó su frágil cuello hasta dejarle sin vida. Después trasladó el cuerpo hasta un sótano cercano y tras descuartizarlo, arrojó las partes en diferentes alcantarillas. En el dormitorio de la pequeña se halló una engañosa nota de rescate demandando 20.000 dólares. Pero las esperanzas se derrumbaron cuando la policía descubrió al poco tiempo los restos dispersos de la niña.

 

Las tres víctimas habían sido sorprendidas en sus propios hogares, confiadas e indefensas en el letargo de la noche, por un asaltante que se colaba habilidosamente en las casas y que había empleado diferentes métodos para asesinar. Pese a que numerosos miembros de la policía trabajaban en el caso, las investigaciones fueron vanas hasta que, pasados cinco meses, una noche de junio, el joven William Heirens fue sorprendido in fraganti mientras intentaba irrumpir en una residencia.

William Heirens

William George Heirens nació y creció en la época de la Gran Depresión en un suburbio de Chicago, en el seno de una familia religiosa y modesta, pero sin carencias, a pesar de que eran tiempos de incertidumbre económica. Su padre era un hombre trabajador cuya sensibilidad contrastaba con su corpulencia física. La madre tenía un carácter fuerte y era la que llevaba las riendas del hogar.

 

Aún adolescente, Heirens empezó a cometer hurtos introduciéndose en domicilios y propiedades privadas, por lo que fue dos veces internado en correccionales católicos. Lo cierto es que en estos centros mostraba un comportamiento correcto y un buen rendimiento académico, pero cuando de nuevo salía a la calle, le vencía el irrefrenable impulso de asaltar viviendas, que fue creciendo de una manera gradual e insidiosa. Más tarde diría que, entrar a las casas para robar le procuraba una placentera excitación. Entre sus objetos de sustracción más preciados estaban las armas y la ropa interior femenina.

 

En 1945, con 16 años, aprovechó la oportunidad de matricularse en la Universidad de Chicago, por lo que entresemana vivía en la residencia del campus. Esta independencia le dio absoluta libertad para sus escapadas nocturnas. Vivía así una extraña doble vida de incipiente universitario y experimentado malhechor.

 

Los tres crímenes que cometió constituyeron la culminación de una vida delictiva iniciada a los doce años. Sus víctimas fueron resultado del azar, mientras merodeaba por las calles de Chicago, cobijado por la quietud y oscuridad de sus noches.

 

Cuando Heirens, por fin, fue atrapado por la policía en uno de sus habituales allanamientos, los ciudadanos, que quedaron abiertamente aliviados, le apodaron “lipstick killer” (el asesino de la barra de labios).

La investigación

Si bien las tácticas policiales de la época eran cuestionables, ya que se efectuaron varios registros sin la orden judicial correspondiente, se le administró al detenido pentotal de sodio (suero de la verdad), y los interrogatorios quizá no siguieron todos los requisitos formales, tampoco puede obviarse que diversas pruebas forenses apuntaban con firmeza hacia la culpabilidad de Heirens.

 

De un lado, los laboratorios del FBI habían descubierto dos huellas dactilares y una palmar en la nota de rescate de la pequeña Suzanne, que habían sido contrastadas, antes de arrestar a Heirens, con las contenidas en todos los archivos criminales, sin que se detectara ninguna coincidencia. Las de Heirens, sin embargo, encajaron.

 

También se había comparado la nota de rescate con la escritura de numerosos sospechosos, sin llegar a resultado alguno. Pero cuando el perito calígrafo judicial analizó la letra de Heirens, y la cotejó con la del mensaje dejado en la pared y en la nota de secuestro, destacaron las similitudes.

 

Por su parte, el joven Bill, no solo empezó negando su implicación, sino que inculpaba a otra persona, un tal George Murman, que supuestamente había escrito una nota que llevaba encima y en la que se daba a entender que detrás de los crímenes había una banda. Sin embargo, para los investigadores, la carta no era más que una argucia del acusado para confundir y desorientar.

Heirens cambió varias veces su confesión, manifestándose unas veces culpable otras inocente, hasta que finalmente, bajo diferentes presiones y asesorado por sus abogados, se declaró formalmente culpable para evitar la pena de muerte, que fue conmutada por tres condenas a cadena perpetua, una por cada víctima asesinada.

 

Más tarde, recluido en el penal, se retractaría de su confesión y desde entonces hasta el final de sus días insistió en su inocencia, afirmando que se vio obligado a mentir para poder salvarse.

 

William Heirens ya había cumplido 18 años cuando fue encarcelado, y permaneció en prisión, en el Estado de Illinois, hasta su muerte, en 2012, a los 83 años de edad. Probablemente haya sido uno de los condenados que más tiempo ha estado privado de libertad, en concreto, 65 años.

 

Durante su largo cautiverio, su conducta fue modélica. Obtuvo una graduación universitaria y ayudó a otros presos a estudiar.

 

Los múltiples recursos y peticiones de libertad condicional que presentó fueron siempre rechazados por la junta de revisión penitenciaria. Un equipo de activistas sociales que apoyaba al preso, llegó a afirmar, tras realizar una exhaustivo trabajo de investigación, que ninguna prueba de las presentadas en su día en el juicio eran determinantes. Pero ni estas conclusiones, ni el delicado estado de salud de los últimos años del preso, ni su avanzada edad, inclinaron la balanza hacia su salida. En la última ocasión que Heirens pidió clemencia, recibió una tajante respuesta de la comisión que denegaba su libertad: “Quizá Dios te perdone, pero no el Estado”.

 

Hay gente que piensa que el amarillismo de los medios, la brutalidad policial, la mala reputación del chico por sus anteriores robos, y la falta de otros sospechosos, puso a Heirens en la diana de la culpabilidad. Otros, sin embargo, no dudan de su responsabilidad. Para el perfilador Robert Ressler, que lo entrevistó en prisión, era un monstruo que no quería reconocer sus atrocidades. En su opinión, las pruebas en su contra (escritos y huellas) eran relevantes, y su propia confesión resultó sólida y coincidente con los hechos comprobados. Si no, ¿cómo podría haber descrito y detallado todos sus pasos y acciones en cada escena del crimen durante la reconstrucción de los hechos?

En cuanto a su anómalo comportamiento no se han dado explicaciones unánimes ni fundamentadas. Quizá habría que descender a las profundidades de intrincados conflictos infantiles para poder comprender y asociar su temprano impulso a asaltar viviendas, su fetichismo hacia las prendas íntimas femeninas, su fascinación por las armas y el posible cariz sexual de sus asesinatos. Los médicos psiquiatras que le analizaron descartaron la enfermedad mental.

 

Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia (online), UDIMA – Fundación Behavior & Law

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FUENTES

http://murderpedia.org/male.H/h/heirens-william.htm

http://escritoconsangre1.blogspot.com.es/2015/03/william-heirens-el-asesino-del-lapiz.html

https://www.youtube.com/watch?v=lzvqCYYXLzw

https://www.crimetraveller.org/2015/07/william-heirens-the-lipstick-killer/

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/03/19/actualidad/1332113021_565542.html

http://www.nytimes.com/2012/03/07/us/william-heirens-the-lipstick-killer-dies-at-83.html?mcubz=3

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Leticia Perinat

Leticia Perinat

Directora Técnica del Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia, UDIMA-Behavior & Law

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