Mark W. Hofmann: falsificaciones y asesinatos

junio 09, 2017 - by Leticia Perinat - in Asesinato, Falsificación documentos, Falsificadores célebres

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Por Marta Murías,

Grado en Derecho. Diplomada en empresariales. Gestora documental. Alumna de la primera promoción del Master en Pericia Caligráfica y Documentoscopia, UDIMA- Behavior & Law.

 

Una mañana de octubre de 1985 en Salt Lake, Steve Christensen, coleccionista de documentos antiguos, moría al estallarle un paquete bomba que acababa de recibir. Ese mismo día, la esposa de Gary Sheets fallecía de igual forma al abrir un paquete dirigido a su marido, también coleccionista. Al día siguiente, explosionaba una tercera bomba dentro de un coche. La víctima, Mark William Hofmann, aunque gravemente herido, salvó la vida.

 

Todos practicaban la fe mormona y guardaban relación entre sí. Hofmann era un especialista en textos antiguos, que durante años había suministrado documentos de extraordinario valor a su Iglesia, en operaciones llevadas a cabo por los dos coleccionistas destinatarios de las bombas, que hacían de intermediarios con las máximas autoridades religiosas.

 

Hofmann había ido, poco a poco, abriéndose camino en el negocio de los libros y textos antiguos hasta alcanzar una reconocida reputación. La Transcripción de Anthon, un importante documento mormón, fue uno de los primeros escritos que vendió a la congregación. Pero uno de sus mayores éxitos fue el descubrimiento de la Carta Salamandra, supuestamente escrita por Martin Harris, discípulo de Joseph Smith, fundador de la Iglesia Mormona, en la que le acusaba de prácticas pseudomágicas. El documento fue causa de gran controversia ya que cuestionaba la versión ortodoxa del fundador sobre el origen del Libro del Mormón. La carta fue tomada como auténtica por la Oficina Federal de Investigación y por varios expertos en documentos históricos de los Estados Unidos, como Kenneth W. Rendell. Los líderes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días se vieron obligados a asumir el manuscrito, aunque con las reservas pertinentes, y algunos fieles, decepcionados, abandonaron la institución.

Un par de años después llegaba a las manos de Hofmann otro escrito especial, el primer documento impreso por los colonos norteamericanos, The Oath of a Freeman (El juramento de un hombre libre). Se tenía constancia de este escrito de 1639, pero se creía que todas las copias se habían perdido. Por entonces, el documento más antiguo conservado de la historia colonial de Estados Unidos era el Bay Psalm Book, fechado en 1640.

 

Expertos del Archivo Nacional y diversos laboratorios universitarios realizaron las pruebas de datación del Juramento. Todo parecía indicar que el documento era auténtico y había salido de la misma imprenta que el Bay Psalm Book, pero un año antes. La Biblioteca del Congreso apalabró su compra por una elevada cantidad.

 

La gente se sorprendía de la suerte y del instinto de Hofmann para descubrir textos de tanto valor. Pero en realidad no era olfato lo que le sobraba, sino una exitosa habilidad para falsificar y estafar. Así es, durante largo tiempo y en múltiples ocasiones, había conseguido engañar a expertos y compradores. Nadie había sospechado de su asombrosa maña para conseguir cualquier escrito codiciado por sus clientes. Quizá el intenso anhelo les producía una ceguera pertinaz.

 

Hofmann se tomaba en serio su trabajo. Cuando decidió falsificar El juramento de un hombre libre se preocupó, en primer lugar, de poder certificar su procedencia. Para ello, imprimió un viejo poema en un papel envejecido, que encabezó con el título de The Oath of a Freeman. Le añadió una etiqueta con el precio de 25 dólares y lo dejó en el cajón de gangas de los almacenes Argosy Company. Un par de días después tomó este documento, junto a otros cuatro que también estaban en el cajón, y solicitó a la cajera una factura detallada por la compra de los cinco artículos. De esta forma obtuvo la prueba del hallazgo del Juramento entre los papeles viejos de aquellos almacenes.

 

Para falsificar el documento, se hizo con un facsímil del Bay Psalm Book y lo fotocopió. Recortó todas las letras, las pegó en otro folio conformando el texto de The Oath of a Freeman y las rodeó de una cenefa de flores. Volvió a fotocopiarlo y solicitó a un grabador la fabricación de una plancha de zinc con todas las letras y motivos para imprimir. Después desgastó con una lima los bordes de las letras metálicas de la plancha para simular el uso prolongado que probablemente presentarían los tipos originales.

 

Simuló la antigüedad idónea de la tinta empleando una mezcla de linaza similar a la de las primeras imprentas, que combinó con minúsculos fragmentos de una encuadernación de cuero del siglo XVII. Por último, le añadió goma arábiga para que se agrietara como en los textos antiguos y una pizca de sosa caustica le dio el tono amarronado adecuado. En cuanto al papel, dejó que éste enmoheciera antes de imprimir el escrito con la plancha de cinc encargada. Después, ya con el texto, lo sometió a ozono para oxidarlo y atenuar la tinta.

No obstante, y aunque el documento había superado los análisis, el experto Theodore Cannon, con dilatada experiencia en la técnica de prensas de copiado, levantó la voz de alarma al advertir que algo no encajaba. Pronto concretó el qué. La clave estaba en las distancias entre las líneas. No eran iguales o mayores a la altura del carácter más grande utilizado, tal como requerían los soportes a los que se enganchan los tipos. Tampoco los motivos decorativos florales estaban a la distancia mínima esperada respecto al texto.

 

Mientras tanto, los clientes de sus últimas ventas, incluido The Oath of a Freeman, se negaban a pagarle hasta que el asunto se esclareciera. Hofmann se encontraba en ese momento fuertemente endeudado por sus ostentosos gastos en un estilo lujoso de vida y en la compra de libros genuinos de primera edición. Debía préstamos al banco y tenía el dinero de varios inversores a los que había prometido la inexistente colección McLellin, formada por supuestos documentos atesorados por uno de los primeros miembros mormones del Consejo de los Doce, que posteriormente había apostatado.

 

Presionado por varios frentes, Hofmann necesitaba una solución o al menos ganar tiempo, y tomó la nefasta decisión de atentar contra dos vidas humanas. ¿Qué pretendía con los asesinatos? Nunca lo aclaró. Quizá crear una cortina de humo frente a las falsificaciones y desviar la atención hacia hipotéticas desavenencias entre coleccionistas, o acaso librarse de personas que podrían descubrir sus trampas.

 

Tampoco llegó a explicar la finalidad de la tercera bomba. Hay quien piensa que estaba destinada a un tercer coleccionista, Brent F. Ashworth, con el que también mantenía transacciones. Se barajó igualmente la hipótesis de que sólo pretendía dañar su propio coche para simular la destrucción de la colección McLellin. O puede que intentara pasarse por una víctima más de los atentados.

 

En todo caso no supo dar una salida inteligente a sus problemas. De inmediato se convirtió en sospechoso y en objeto de investigación policial. Hofmann terminó confesando los asesinatos y las falsificaciones.

 

Este brillante y desalmado falsificador, además de dos cadáveres, dejó muchas víctimas financieras. Principalmente, la Iglesia Mormona, que no solo perdió dinero, sino que vió burlado su poder divino y profético al dar credibilidad a documentos fraudulentos. Desde una visión positiva, hay quien señala que esta experiencia pudo servir para alentar la revisión histórica de la confesión religiosa, frenada por los líderes conservadores, a los que se acusa de haber comprado a Hofmann algunos documentos incómodos, contrarios a las versiones oficiales, para mantenerlos escondidos.

 

Finalmente, Hofmann fue condenado a pena de muerte, que después se conmutó a cadena perpetua. Lleva casi treinta años en la prisión de Utah. Hace un año salió del sistema penitenciario de máxima seguridad en que había permanecido desde su entrada y ahora vive en un régimen carcelario menos extremo. Nunca ha concedido una entrevista a los medios de comunicación ni ha explicado claramente los motivos de sus asesinatos. Se le atribuyen varios intentos de suicidio. Su mujer solicitó el divorcio poco después de su ingreso en prisión.

Hofmann despierta sentimientos encontrados. Por una parte, es admirado por su habilidad técnica para falsificar. Por otra, crea un profundo rechazo por su frialdad despiadada para mentir, estafar y matar. Lo cierto es que engañó a la alta jerarquía mormona, a decenas de coleccionistas de documentos y a los principales expertos estadounidenses, engañó al mundo entero.

 

Los especialistas en documentos que sirvieron de asesores durante el juicio, Kenneth W. Rendell, W. Flynn, G. Throckmorton y Charles Hamilton, que más tarde destaparía los diarios falsos de Hitler, consideran a Hofmann entre los mejores falsificadores de la historia de Estados Unidos. Curiosamente, algunas de las fórmulas de envejecimiento empleadas en sus falsificaciones las tomó del libro de Hamilton, Great forges and famous fakes. Todos coinciden en que no solo destacaba su capacidad para falsificar, sino también su audacia, la metódica de sus operaciones y la imagen que aparentaba. Hofmann se mostraba como un humilde, discreto e inteligente profesional, un trabajador entregado al descubrimiento de la historia. Solía servirse de amigos y asociados para introducir los documentos y a veces cuestionaba sus propios hallazgos para simular honestidad. Todos confiaban en él. Nadie adivinó sus intenciones torcidas y solapadas.

 

Algunas de sus falsificaciones siguen en circulación y sin control. El mercado de anticuarios opera a veces bajo secreto, lo cual favorece la venta de falsificaciones. Además algunos propietarios se niegan a autenticar sus colecciones, quizá por miedo a que resulten falsas. La cuestión es que se desconoce cuántos Hofmanns siguen en el mercado. Lo que sí se sabe es que durante quince años se dedicó a falsificar cientos de escritos y firmas, y que tenía una facilidad innata para manipular documentos e imitar caligrafías. En 1997 la casa de subastas Sotheby´s vendió un poema manuscrito inédito de Emily Dickinson, que tiempo después se descubrió como una falsificación de Hofmann. Se le atribuyen imitaciones de escritos de figuras históricas como el presidente Abraham Lincoln, los exploradores Daniel Boone y Jim Bridger, y la cuáquera por siempre unida a la bandera norteamericana, Betsy Ross.

 

Irónicamente, las falsificaciones de Hofmann son ahora artículos de coleccionismo.

 

Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia (online), UDIMA – Fundación Behavior & Law

 

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FUENTES

http://www.utlm.org/onlinebooks/trackingcontents.htm
http://historiaybiografias.com/vivir_mentir9/
http://sainesburyproject.com/pmblog/583/
http://barcomasgrande.blogspot.com.es/2008/03/la-trama-hofmann.html
http://murderpedia.org/male.H/h/hofmann-mark.htm
https://zonamormon.wordpress.com/2015/10/13/la-carta-de-la-salamandra-lo-que-usted debe-saber/
http://www.deseretnews.com/article/635153542/Tales-of-Hofmann-Forgeries-deceit-continue-to-intrigue-20-years-later.html
http://www.sltrib.com/home/4372740-155/bomber-mark-hofmann-no-longer-a
http://www.ksl.com/index.php?nid=148&sid=13960566

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Directora Técnica del Máster en Pericia Caligráfica y Documentoscopia, UDIMA-Behavior & Law

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